Goliendo

25 Oct

Mi madre siempre me cuenta que, cuando yo era pequeña, me daba cuenta de quién andaba cerca por el olor y la avisaba: “está ahí Mari la de la guardería”, y en efecto, en la misma tienda estaba aquella cuidadora que tanto adorábamos y que olía a una mezcla de perfume de señora, colonia infantil y plastilina.

A doña Oliva, una de las profesoras que recuerdo con más cariño, también la detectaba por el olor. En su caso, el perfume de señora se mezclaba con olor a pintalabios, a tiza y a libros nuevos.

Y hay personas de las que recuerdo el olor, pero no el nombre, ni la cara.

Con los lugares y los momentos me pasa lo mismo. La guardería es el olor que tengo clavado más en el fondo del cerebro. Y también el colegio y la facultad, la playa, San Martiño por las mañanas, las calles de Lugo en invierno, mi casa en Navidad, la casa de mi abuela, incluso la misa cuando ella me llevaba (que, por cierto, nunca más volví) o el bar de Merceditas en San Miguel, un clásico de mi infancia que nunca más verán mis ojos, pero que huelo en mi cabeza con mucha facilidad.

Lo malo es que, al estar embarazada, el olfato se multiplica por mil. Y digo malo porque antes de embarazarme, si intuía un mal olor, podía “cerrar la nariz” y respirar “por encima” y, así, disfrazar el olor hasta que pasara. Pero ahora, soy incapaz. Una de las señales de que estaba embarazada fue la pesadilla que comenzó a suponer pasar por cerca de contenedores de basura de restaurantes… en especial dos de Foz: a mediados de septiembre pasaba por allí y, entre arcadas y lágrimas en los ojos, pensaba que el infierno debía de oler así, que era imposible sobrevivir más de 1 minuto a ese olor y que por dios santísimo, qué comida podía generar una peste semejante por podrida que estuviera.

Pero la pesadilla solo había empezado. Cada día me encuentro torturas olfativas nuevas: las alcantarillas y los desagües, las secciones de colonias en los supermercados (antes no me gustaban, ahora les temo), el papel caliente de oficina (el que escupe la fotocopiadora), el cuero o cómo no, las tiendas de Inditex (creo que utilizan el ambientador con el mismo objetivo que la música hortera: que compres compulsivamente, da igual qué, con tal de salir rápido de ese agujero de colorines, peste y estruendo).

Y no solo eso: también huelo a los seres por dentro. Pero no su olor a colonia, a plastilina o a sudor… huelo la enfermedad, la falta de sueño, los empachos, la incontinencia o el estreñimiento. No es un olor descriptible pero existe, está ahí y lo percibo, y sé que no me equivoco cuando digo que el perro de mi vecino, además de sucio y descompuesto intestinalmente, está enfermo (sí, también funciona con animales), o que la farmacéutica que me atendió hoy estaba estreñida, algo de lo que estuve segura por la manera que tuvo de atendernos.

Pero bueno, sé que esta pesadilla olfativa terminará dentro de 6 meses y medio y entonces me olerá todo a bebé. Y es un consuelo pensar que incluso la parte menos agradable del olor de mi bebé será mil veces más bonita que un local de Inditex con música, ambientador, perros enfermos y contenedores de pescado.

 

 

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2 comentarios to “Goliendo”

  1. Laura octubre 25, 2011 a 10:46 pm #

    Cómo me gustan leer tus comentarios y tus historias 🙂
    Aii qué Blan va a ser mamá. ¡Madre mía! Me pasará como con Henar, hasta que no te vea con la criatura varias veces no daré crédito jeje.
    Disfruta de cada momento ahora y cuando ya lo tengas en tus brazos 🙂
    Muaaaaa

  2. Sahri11 octubre 27, 2011 a 8:58 am #

    chachiiiiiiiiiiiiiiii………ésto sí es un cuaderno de Bitácora!!!!a seguir!!!!!

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