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Chichones y cunas de viaje

26 Ago

Una cuna lustrosa, un flamante desinfectabiberones, un emocionante taca-taca o un ciento de preciosos vestiditos. Yo, como buena embarazada y madre primeriza, tuve durante un año (el que duró mi embarazo y mi par de meses de posparto) unas prioridades totalmente diferentes, por no decir opuestas, a las que tengo ahora.

La experiencia me ha ido dejando enseñanzas maternales que tendré muy en cuenta en el improbable caso de que vuelva a embarazarme (sí, sigo en la etapa embarazos Nunca Máis). Algunas de ellas se refieren a artefactos, objetos, cosas que compré y que me han resultado muy, muy útiles con Eva. Una de estas cosas han sido, sorprendentemente, las cunas de viaje.

Eva vive en varias casas. Enumero:
-El hogar familiar de Coruña
-El hogar familiar de Foz
-La casabus de Coruña
-La casabus de Foz

cuna

La cuna (esta, de la marca Olmitos) vista desde la “puerta” 😛

En las dos casabus Eva pasa bastantes noches al mes, tanto porque a los abuelos les encanta estar con ella como porque sus padres tenemos una incurable adicción a salir de fiesta los algún findes (sobre todo su madre, todo hay que decirlo). Por eso le compramos una cuna de viaje para cada una de las casas de los abuelos y para los hogares familiares, nos decidimos por dos cunas de barrotes, una nueva y otra heredada.

Craso error. No sabíamos que el sistema preferido de nuestra hija para dormirse iba a ser desmayarse contra la pared de la cuna… algo que si ésta es de barrotes puede terminar mu mal. Hoy en día Eva duerme agustísimo en sus cunas de viaje. Tanto la de casa de los abuelos de Coruña como la de Foz son prácticamente iguales, con una especie de gatera para convertirla en parque, acolchadas por todas partes y absolutamente seguras. Eva se lo pasa genial rebotando contra las paredes, jugando dentro con sus muñecos y revolcándose por el colchón. Cuando se despierta a medianoche y sonambulea por la cuna, se tira en plancha y vuelve a dormirse porque aterriza sobre blandito siempre…

… en cambio, las cunas de barrotes son todo lo contrario. Cuando Eva se desvela por la noche, en lugar de aterrizar sobre blandito, se pega unas leches legendarias contra los maderos de la cuna. Y sí, siempre va a coincidir que pega contra el barrote que no está cubierto la chichonera. Parece una tontería, pero lo que con una cuna de viaje se convierte en un desvelo momentáneo y a dormir, en una cuna de barrotes es una desgracia como otra cualquiera. Golpe, llanto, hipos, biberón, ea-ea y a las dos horas, con suerte, igual logramos dormirnos otra vez. Eso si no le da por meter un pie entre dos barrotes y agobiarse porque no puede sacarlo… Lo único que le veo yo de positivo a las cunas de barrotes frente a las de viaje es que en esas puedes meter la mano entre los palos y dormirte agarradita al peque. Pero para eso también puedes colechar…

Por eso recomiendo a cualquier pareja que esté buscando una cuna para su bebé que piense si realmente le merece la pena tener un armatoste de madera, duro, difícil de mover, con estética de cárcel y que entraña un considerable riesgo de chichones, sobre todo si se tiene un bebé suicida como Eva. Es mejor pillarse una cuna de viaje incluso para casa, que puede plegarse, moverse, hace de parque y no tiene peligro alguno de que el bebé amanezca hecho un cromito.

¡Ah! Y como su nombre indica, también podemos usar estas cunas cuando vayamos de viaje… que ahora que lo pienso, es la función que menos le explotamos en mi casa ¬¬ ¡A ver si ahorro para unas vacaciones en familia…!

El kit antimocos y una moraleja

7 Dic

Hay dos cosas que me perseguirán el resto de mi vida: una es la miopía, que me aumentó 1.50 dioptrías en cada ojo después del embarazo, y ya estoy empezando a asumir que cada mes tendré un poco más y no podré operarme hasta dentro de mil años, cuando cada cristal de mis gafas parezca un telescopio. La otra cosa son los mocos. Tengo mocos de octubre a mayo, cuando no es por frío, por alergia, por microlloreras otoñales (¿he dicho ya que noviembre es deprimentísimo?) o por cualquier otra cosa. Son odiosos. Pero tener la nariz atascada hasta el esófago, dormir semiincorporada y sentir la boca más seca que la mojama al tener que respirar por ella todo el día es una auténtica gozada en comparación con que todo eso lo tenga la neni…

Ayer pasó su primera noche de mocos, y nos pilló desprevenidos. Nosotros estábamos todos felices con nuestra casa calentita sin darnos cuenta de que esos calores iban a provocar en la mininariz de la peque un atasco de los que hacen época. Pobre mujer… a las 2, cuando me dormí, le silbaba la nariz y tratamos de solucionarlo con un fogonazo de Esterimar. Funcionó… hasta las 3, que despertó llorando. A las 3.30, otra vez. A las 4.30, despertó con hambre pero no pudo comer por los mocos. Y a las 4.30 empecé a pensar qué podía hacer… esto es: a vagar por la casa haciendo eses con la niña en brazos y lagrimeando de sueño: elevé el colchón de la cuna, abrí ventanas, llené el lavabo de agua caliente, hasta pensé en hervir las hojas de mis pobres orquídeas (a falta de menta…). Al final, acabamos durmiendo las dos en la habitación de Eva, con la ventana abierta (que da al patio de luces y no se oyen los coches), abrigadísimas, yo en su futura cama y ella semiincorporada en su carrito (dios bendiga a Bugaboo). Logramos dormir 3 horitas seguidas.

A las 5 de la mañana, cuando veía a la neni caerse de sueño literalmente, agobiada al darse cuenta de que no podía respirar, hubiera dado un dedo pequeño del pie por tener el kit antimocos con el que nos hicimos hoy: un “aspirador nasal” y, la adquisición estrella, un humidificador que (presumiblemente) nos salvará la vida… O aún mejor: nos permitirá a los tres dormir un poco más.

Y es que noches como la pasada me hacen apreciar todas las demás. Desde hace 6 meses y pico, nunca duermo más de 3 o 4 horas seguidas: me despierto cada vez que la neni tiene hambre por las noches, y me paso el día bostezando, desde que amanece hasta que se hace de noche. Me han salido arrugas nuevas alrededor de los ojos y se me está olvidando cómo era mi cara (y mi carácter) cuando no vivía cansada. Pero hasta hoy no había valorado lo suficiente el hecho de que todas las veces que me despierto durante una noche normal (una, dos, tres, cuatro veces) es para que la neni, medio dormida, se coma su comidita y luego se queda sopa poco a poco en mis brazos, más feliz que una lombriz. Todas las noches normales, cuando después de su toma la dejo en la cunita y la tapo con su manta a las 3, 5, 7 de la mañana, succiona en sueños unos segundos antes de quedarse profundamente dormida, en la gloria, otra vez.

En fin… Las moralejas existen, y por aquí hay una escondida 🙂

¡Buenas noches!

La Princess y el primer biberón de cereales

13 Nov

Pues esta semana debe de ser la semana de las novedades culinarias en esta casa. Gumi nos regaló un kit de cocinitas completo, es decir, una olla rápida y una plancha Princess. El primer arroz con pollo hecho en la olla me salió tan rico que no parecía hecho por mí… Y la Princess… yo pensé que podía vivir sin ella hasta que la probé. Vale que en una sartén normal antiadherente pueden quedar las cosas parecidas de ricas, pero tanto con la Princess como con la olla rápida el tema no es cómo queden las cosas, el tema es que, como mamá, tengo que aprender a hacer algo más que tortilla y huevos fritos (estos últimos, con armadura para que no me salpique el aceite) y estos dos cacharros me han dado la señal de salida: ¡a cocinar como las mamás! no puede ser que dentro de unos años, mi hija no pueda decir, como digo yo, que las mejores croquetas/tortilla/caldo/arroz con pollo es el que hace su madre. Reivindico el derecho de todo hijo, y de la mía en concreto, a presumir de la comida de su madre. Y para ello debo ponerme a estudiar desde ya 🙂

(Modo Maruja OFF)

(Modo Mamá Primeriza ON)

La otra novedad es que, después de más de un mes de dormir a trompicones por la noche, con 3 y 4 tetas nocturnas y lloriqueos varios, y después de dos días en los que la neni estuvo tan antipática que no parecía mi neni, decidimos inaugurar la temporada de cereales sin gluten ayer por la noche. Eva tiene 6 meses menos 9 días, así que no cumplimos a rajatabla los 6 meses de leche materna exclusiva, pero bueno, como dicen por aquí, por nove días non morre ninguén. El caso, que me ordeñé dignamente 150 ml de leche con mi maravilloso sacaleches, los metí en un biberón y le eché una cucharadilla (¿o cucharillada? nunca sé cómo se dice, je) y media de cereales sin gluten amorosamente comprados para mi neni. Nuestro objetivo era, y seré sincera, jartar a Eva y que se olvidara de comer nada más hasta las 8 de la mañana, dando así 8 horas seguidas de sueño a papá y mamá, cuyas caras indican a todas luces que lo necesitan como agua de mayo. Y creímos que habíamos ganado la batalla, al ver que se tragaba el biberón con un ansia que hasta le temblaban las manos.

¿Resultado?

En las dos horas de llanto que siguieron al bibe de cereateta, su padre y yo, haciendo gala de nuestra supina ignorancia, llegamos hasta a pensar si la habríamos embutido sin piedad como a los capones de Vilalba y estaría retorciéndose de dolor de barriguita. Pobre Eva. O mejor dicho: pobres de nosotros. Gracias a Gumi (que siempre pone el toque de cordura en estos momentos, aunque sea vía WhatsApp) me di cuenta de que la neni  no estaba a punto de morir empachada, sino que seguía en la línea de estos dos últimos días y simplemente estaba tontita, protestona, quejumbrosa… pero no embutida y con las tripas a punto de estallar.

Y menos cuando aún tuvo estómago para tragarse dos tetas como dos carretas antes de dormirse, de mala gana (de mala gana lo de dormirse, no las tetas, menuda es…).

A las dos horas de eso, despertó y quiso otras dos tetas. A la hora de esas dos, despertó aullando como si le hubieran pisado un callo. Desde aquí pido perdón a los vecinos de arriba, de abajo y del otro lado de la calle, porque seguro que despertaron al oír tales gritos. Y sí, se comió otras dos tetas.

En fin… que ahora sabemos que el bibe de cereales le gusta, le encanta… pero que la etapa de neni-evil que está pasando, infelices de nosotros, no la cura un puñado de arroz con maíz.

Hummm… ¿Y un puñado de arroz con pollo?… mañana os cuento 🙂

El miedo (otra vez) y la terapia del colecho

5 Nov

Una vez más, era verdad lo que decían. De repente, todo cambió y la vida se centró sola y exclusivamente en cuidar de esos 3 kilos 550 gramos de bebé. Hace poco más de 5 meses dije adiós para siempre a la soledad, la independencia, la irresponsabilidad y la despreocupación que habían marcado mi vida hasta el momento. A veces echo de menos todo aquello, pero nunca lo echo tanto de menos como entonces lo echaba de más.

De todos los cambios, el que más me llamó la atención es, con diferencia, el miedo. No contaba con él. De repente, vuelvo a tener miedo de todo. Me di cuenta cuando fui al cine por primera vez después de dar a luz: fui a ver Lo Imposible. La peli me parece genial, había escuchado a la prota en la radio y me había puesto ya entonces los pelos de punta, pero tengo que reconocer que pocas veces salí del cine tan acojonada. Esa noche no pude dormir (tiene tela…), dándole vueltas a qué haría yo si una ola gigante, o cualquier otra animalada por el estilo, me quitase de repente a Eva de los brazos. Fui consciente de que las desgracias pasan, y me hace temblar el pulso la idea de que le pase algo. Eva es tan pequeña… 

Y como yo soy la paranoia en persona, desde que salí del cine y me monté mi propia película en casa, el miedo fue a más. Me da miedo que se me escape el carro, que se me caiga la niña de los brazos, que se atragante, que se dé un golpe. Me da miedo caerme por las escaleras con ella en brazos, que se trague un botón, tener un accidente con el coche cuando vamos las dos juntas, que se escape corriendo (ya, ya sé que aún ni gatea…), me da miedo que tenga frío, que tenga calor. En definitiva, me da miedo todo.

No conocía esa sensación, y sinceramente, no me gustó nada. Estuve un par de días tan paranoica que tuve miedo de quedarme así para siempre… ahora estoy segura de que sí, me quedaré así para siempre, pero estoy aprendiendo a controlar ese pánico espantoso para no convertirme en la mamá-agonías que juré que nunca sería.

Y oh, sorpresa, el colecho resultó ser una de las mejores terapias. “Colecho” es la palabra recursi que define el “dormir en la cama de los padres” de toda la vida, del que ya hablé en uno de los primeros posts de este blog. Eva duerme de lujo en su cuna, pero en cuanto papá se va a trabajar, nos acurrucamos juntas en la cama y nos dormimos un ratito más. Luego, me despierta con caricias en la cara (que se convierten en arañazos cuando tardo un poco en reaccionar). Eso está guay, pero lo mejor son los sábados por la mañana (cuando papá está en casa), antes del primer café, que también metemos a Eva en la cama y jugamos los tres juntos, o dormimos, o hablamos… Esos son los momentos que hacen que mereciera la pena el no-parto de 12 horas, la cesárea, las grietas dolorosísimas de los primeros días… Esos momentos terapéuticos me dicen que ha merecido la pena el adiós a mi antigua vida social frenética, a mi independencia y a esa soledad que tantísimo disfrutaba.

Y lo que es más importante: en esos momentos el miedo no existe.

Todos los días deberían ser sábado por la mañana…

El escalón y noviembre, que no mola nada…

30 Oct

Me acuerdo de que antes veía mamás por la calle con bebés de 6 meses y pensaba que eso me quedaba lejísimos… Eva ya tiene 5 y pico y parece que fue ayer cuando su papá y yo veíamos “Entre fantasmas” después de comer mientras ella daba patadas dentro de mi barriga. ¡El tiempo vuela! Lo único reseñable de estos días fue que Eva pasó un escalón de crecimiento de esos (¿era así como se les llamaba?) y durante unos días no comió normal, no durmió normal (teta cada 2 horas… ¡ni de recién nacida!), lloriqueaba, gritaba y estaba superultrahiperactiva. Peeeero ya pasó, y ahora, de repente, la noto mayor: ya podemos ponerle coletitas-surtidor, ya dice la A, la E, la I, y la U (la O de momento no se la oímos), ya mira sus juguetes con curiosidad (aunque acto seguido se los meta en la boca hasta el fondo), ya rueda ella sola, ya se ríe a carcajadas, ya me da caricias… y ya la pasamos del capazo a la silla del Bugaboo, donde va la mar de cómoda.

Aparte de eso… se acerca noviembre. Como sé que todos los noviembres me deprimo, todos los noviembres me deprimo (es algo así como un círculo vicioso). Sin trabajo y sin visos de tenerlo, empiezo a plantearme qué otras opciones me quedan: ¿estudiar? ¿más? y encima… ¿pagando? Mmm, no. ¿trabajar como freelance? A medio euro el artículo de 500 palabras… ¿Redecorar la casa? No. En fin… Creo que de momento me dedicaré a mirar a Eva, ya que sé que cuando tenga trabajo o alguna ocupación extra (aparte de limpiar la casa y hacer comida y esas cosas de mamás-que-“no-trabajan”) será eso lo que más eche de menos, mirarla sin prisa. Y a lo mejor nos apuntamos a yoga para mamás y bebés. Tiene que ser toda una experiencia…

A veces pienso en esos países como Noruega, que salen en las noticias porque amplían la baja de paternidad, con una de las bajas de maternidad mejores y no solo por ser de las largas, sino también por considerar que la maternidad es algo dignísimo de respeto, de ayuda y de ánimo, y no un lastre a la hora de trabajar, mientras que en España estamos en braguitas en ese aspecto y pensamos que por tener el culo 10 horas en una silla de oficina somos más productivos… En fin. Pero alegremos esas caras: ¿qué país nórdico puede presumir de una Sanidad de las mejores del mundo además de pública universal y gratuita de sol, toros y flamenco?