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(Más) gente que parece no haber tenido madre

18 Ago

Mi hija tiene un año y unos meses, y a veces doy gracias por haberla tenido en el año 2012 y no dentro de un par de años. Lo digo porque, leyendo ciertas noticias (esta, por ejemplo) no puedo evitar pensar que menos mal que tuve a Eva en una época en la que lo mal visto era solo que los bebés mamaran en público. Menos mal que solamente tuve que esconderme para darle a mi bebé el alimento que todo ser vivo necesita, sobre todo en los primeros meses de su vida. Qué afortunada fui, todavía no estaba mal visto o prohibido casi nada: solo que coman teta en público. Qué suerte tuve de que existieran salas de lactancia, mejores y peores, que tanto huelen a potito requemado como a pañal sucio, esas salas sin ventanas (salvo honrosas excepciones… ¿?), con colas eternas, salas ideadas en muchas ocasiones por gente que a todas luces no tiene hijos y que dudo que hayan tenido madre… menos mal que las tuve para esconderme a alimentar a mi hija en esos centros comerciales masificados que tanto me gustan, en tiendas, en centros cívicos… ¡menos mal!

Y digo menos mal porque, al paso que vamos, terminaremos prohibiendo a los bebés de dos o tres meses que se caguen en Primark. O que se duerman en tal o cual restaurante. ¡En los restaurantes está feísimo dormirse a la mesa! Los adultos saben que éticamente es reprobable, ¿por qué los bebés han de ser diferentes? O que vomiten en una tienda de decoración, ¡señor! Qué vergüenza, un bebé vomitando. Llevan pañal porque son pequeños, sí, y no saben todavía controlar el popó y el pipí, pero coño… vivimos en la era del consumismo, del progreso por el progreso, y si a los jefes, los dueños de los negocios, los que controlan la pasta, los que venden, venden y venden por encima de todo lo demás, les da por prohibirle a un bebé hacerse pis, cagarse, dormirse o comer en su local, habrá que ponerse a ello. Habrá que disimular si, oh, señor, qué vergüenza, nuestro hijo se ha vomitado encima en pleno pasillo del centro comercial. La ciencia tendrá que crear escuelas intrauterinas que ayuden a que el bebé nazca aprendido. ¡Habrá que renegar de que somos seres humanos! Cualquier cosa, cualquiera, en aras de no ofender a los enfermos que se sienten ofendidos y ultrajados al ver una teta.

Porque hay que estar enfermo. Pero muy enfermo, mucho, para pensar que una teta debe ser relacionada en primera instancia con el sexo, y por consiguiente censurada, y solo en segunda con la alimentación del bebé. Hay que ser machistorro y penoso y dar mucha vergüenza. Pues hoy en día, después de haber pasado unos dolores de tetas indescriptibles, grietas, mordiscos involuntarios de mi peque, calambrazos por tenerlas a punto de reventar de leche, le digo desde aquí una cosa al dueño de Primark, al filósofo redactor de su código ético y a todos aquellos hombres (algunos de los cuales han escrito comentarios surrealistas en la noticia de Menéame) que consideráis las tetas de las mujeres un objeto sexual que es para vosotros y vuestro disfrute y si eso, en segundo plano, para dar de comer a un bebé, os digo una cosa, una cosa que no sabéis:

NO SOIS EL PUÑETERO OMBLIGO DEL MUNDO

Que las tetas de las señoras no fueron creadas para que vosotros os deleitéis en la playa, ni mirándolas en revistas, ni viendo canalillos y soltando burradas a las chavalas en las discotecas. No fueron creadas para que las comparéis con las de Fulanita o Menganita. No son vuestras, ni se inventaron para que vosotros las utilicéis más allá del periodo de destete natural del ser humano. Aunque el atolondrado mundo en el que vivimos os haya hecho vivir convencidos que las tetas son principalmente sexo puro y duro, y que por tanto deben ser censuradas como lo sería un polvo en público, no lo son. Las tetas son, siempre han sido y siempre serán, le pese a quien le pese, para dar de comer a los bebés. Y mientras la ciencia no avance lo suficiente los bebés comen, cagan, duermen, mean y vomitan donde les viene el apretón porque son eso: bebés.

Señores del mundo: las tetas son DE las señoras y PARA los bebés. Y si un día os coincide una alineación de planetas y tenéis la suerte de tocar una, así en plan erótico festivo, os doy un consejo: dad gracias a quien os deje el juguete, porque NO es vuestro, NO se creó para vosotros y eso NO va a cambiar jamás. Si una teta aparece en vuestra vida más allá de los 6 años de edad, pensad siempre que tenéis suerte, porque el objetivo primerísimo de la teta NO es, aunque a veces se dé el caso, alegraros la vida a vosotros.

Algún día la gente entenderá que, si existen salas de lactancia, no debería ser para que los bebés se escondan a comer, sino para que las madres que quieran puedan contar con un sitio más íntimo, más tranquilo o más agradable para dar de comer a su hijo porque, señores: sacarse una teta delante de un montón de degenerados tampoco es algo que a todas nos mole hacer (aunque por alimentar a un hijo hasta de eso somos capaces). Algún día por fin el ser humano creará normas para el bienestar del ser humano partiendo de la base de que somos humanos, y dejará de fomentarse la artificialidad, la desnaturalización, el sentimiento de vergüenza por lo que somos originalmente. Algún día los códigos éticos de los centros comerciales, así como todos los demás, aceptarán que los bebés caguen, meen, duerman y coman donde les vengan las ganas. Algún día el ser humano no irá en contra del ser humano por sistema, amparándose en normas éticas machistas hasta extremos vergonzantes (tetas=sexo). Algún día seremos conscientes de que somos parte de la naturaleza y que debemos sentirnos orgullosos de serlo.

Algún día.

¿O no?

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Disfraces, tetas (otra vez) y las gracias

30 Ene

Debe de ser la cuesta de enero y el hecho innegable de que cumplir años me afecta… el caso es que estos días, después de una terapia (inventada por mí, que no hay pasta para más) de automotivación y autocontrol pre-explosiones, estoy consiguiendo ver las cosas un poco menos negras para una aspirante a madre-trabajadora, y un poco más grises.

Estos días la abuela paterna está haciéndole el super disfraz a la prota de este blog y de los próximos carnavales de nuestra vida. Lógicamente el disfraz es una sorpresa para el mundo, pero vamos los 3 juntos, padre, madre y niña, y monísimos. Sobre todo el padre y la niña, yo creo que voy un poco grotesca… pero bueno, ¿quién no en esas fechas? Y más grotesca iba el año pasado, de presa preñada de doscientos meses… jeje. En definitiva, que estamos en plenos preparativos y me ha dado por tirarme a la piscina de las manualidades (no escarmiento, no). Tengo mi mesa llena de tijeras, foamy (sabéis el juguillo que da ese material? jaja), cartones y pegamentos de diversos tipos. Siempre compro material suficiente como para equivocarme al menos una vez (tras años de recortar la foto de debajo pensando que solo recortaba la de arriba, de coserme el botón del lado que no es, o de acabar con los dedos pegados cuando uso cola de contacto, voy conociéndome y tomando medidas de precaución para conmigo misma) así que no tiene porqué haber ninguna desgracia. Ya iré informando…

Y en otro orden de cosas, hago saber a mis lectores que ya está asomado y bien asomado nuestro amigo Piño Segundo: el diente número dos de la neni, el que viene para dar un poco de uniformidad a esa boquita que pensábamos que se quedaría con un solo diente durante semanas, haciéndole parecer a Eviña un pequinés octogenario. Piño Segundo también me ha hecho tomar la decisión definitiva… bueno, no a mí, más bien a mis tetas: mis tetas se retiran discretamente, desde el día de hoy, a un segundo plano, felices por haber cumplido su cometido durante 8 casi 9 meses, y prometiendo que volverán a hacer acto de presencia, les cueste lo que les cueste, con un par de huevos bien puestos, las energías renovadas y el calostro pidiendo pista, si decido olvidar todo eso que las madres deben olvidar sobre el primer parto para animarse a pasar por un segundo.

Así que desde aquí hago público el mensaje más extraño que he hecho público en mi vida:

GRACIAS, TETAS.

Gracias por haber soportado estoicamente las heridas de guerra de los primeros días.
Gracias por haberme ahorrado levantarme cada 3 horas a preparar biberones a las tantas de la madrugada.
Gracias por estar ahí gratis y no a 10, 12, 13 o 15 euros el bote.
Gracias por ser mi arma para calmar lloros y berrinches.
Gracias por hacer que la neni tuviera las defensas de su madre.
Gracias por haber sido las intermediarias entre Eva y yo en esos días en los que todavía no sabíamos en qué idioma hablaba la otra.
Gracias por tener siempre toda la comida que la neni reclamaba, o más.
Gracias porque a pesar de haber transportado litros y litros de leche, no os habéis convertido en higos pasos. Ni muchísimo menos… ¡Gracias por no cambiar!
Gracias por no haber escapado de mi torso, como el culo aquel del cuento del niño sin culo*, estas últimas semanas en las que los dientes han hecho aparición y han marcado territorio, nunca mejor dicho, sobre vuestra frágil superficie.
Gracias por haberme hecho sentir mamá.
Gracias por esta agradable etapa.
Gracias… ¡y adiós!

Os dejo, voy a celebrar con una Estrella Galicia que mis tetas pasan de ser comederos a ser los elementos ornamentales que eran hace un año y medio. Ofrezco mis disculpas si alguien encuentra frívolo este post… a veces soy así, no puedo evitarlo… y me hago mucha gracia, jeje.

Saudiños!

* El cuento del niño sin culo lo tenía yo en casa de pequeña. Era un poco extraño, y en la actualidad estará más que retirado del mercado… jeje. Iba sobre un niño que se portaba fatal, por lo que le pegaban cachetes en el culo cada dos por tres. Por esto, el culo emigraba del niño con las maletas y todo. Y el niño no podía sentarse, ni acostarse, ni montarse en los caballitos, ni jugar… porque no tenía culo. Así que le prometía al culo que se portaría bien, que no le pegarían más, si volvía. Y volvía. Y eran felices y comían… bueno, no sé que comían, la verdad. Ya veis, todo menos políticamente correcto para los tiempos que corren 😛

Dientes, tetas y un concurso

26 Ene

En este blog casi siempre mezclo al menos dos cosas en el mismo post… por darle una uniformidad al asunto, más que nada. El título de este post es curioso, porque lleva 3 palabras de las cuales al menos dos son absolutamente incompatibles la una con la otra. Como dice mi profe de inglés: “vamos a ver si entre todos averiguamos la respuesta”:

Concursos de tetas, hay. No es que yo haya participado en ninguno… (jaja, quién me vería). Y concursos de dientes, seguramente también. Tetas de concurso… en fin, existen. Y dientes de concurso también: los de Jon Bon Jovi son un perfecto y centelleante ejemplo. Lo que es absolutamente incompatible, como el agua y el aceite, como las monjas y el top-less,como el chocolate y los mejillones en escabeche, como los jerseys de Primark y los lavados a 90 grados… son los dientes con las tetas, o las tetas con los dientes. Teniendo en cuenta que este es el blog de una abnegada madre, esto es, dejando de lado connotaciones sexuales (sabe dios cuántas visitas tendré al blog estos días por poner la palabra “teta” y la palabra “sexuales” en este post), diré categóricamente que las tetas y los dientes no pueden ir juntos a ninguna parte.

Ya, ya. Ya sé que los dientes no son problema para seguir con la lactancia. Esa es la jaculatoria que no hago más que escuchar y es bien cierta, seguramente, en muchos casos. También sé lo que la OMS recomienda:

– Inicio inmediato de la lactancia materna en la primera hora de vida.
– Lactancia exclusivamente materna durante los primeros 6 meses de vida.
– Introducción de alimentos complementarios seguros y nutricionalmente adecuados a partir de los 6 meses, continuando la lactancia materna hasta los 2 años o más.

Son unas recomendaciones ideales, perfectas, de las cuales yo debo decir que no cumplí más que la primera. Iba a liarme a escribir sobre lo que Eva comió y dejó de comer desde su día 1 de edad hasta hoy, pero apuesto las dos tetas a que todo el que empezara a leer el post dejaría de hacerlo nada más leer las palabras “Las primeras horas de vida de Eva, comió un biberón y tropecientas tetas…”. Así que solo diré que Eva tiene 8 meses y medio, y los dos años están muy lejos. Es cierto que puede que en un mes o dos, o tres días, deje de morderme compulsivamente cada vez que mama, es cierto que puede que dentro de dos o tres meses dar el pecho deje de darme esa dentera indescriptible que me ha dado siempre, siempre, siempre, desde el minuto número 1 (cómo envidio a las madres que disfrutan físicamente cuando dan de mamar… porque en mi caso, y no es cuestión postural ni muchísimo menos, nada más lejos de la realidad), es cierto que el vínculo creado entre mi neni y yo ha sido increíblemente bonito en todos los aspectos… pero también es cierto que, día tras día, empiezo a estar segura de que se acerca mi, perdón, nuestro momento de dejar la teta. Y también estoy segura de que es una decisión privada, respetable e inapelable. Es lo bueno de ser madre: yo decido… y nadie debe entrometerse, ni para un lado, ni para el otro.

MamiBlog-Ser-Padres-busca-el-mejor-blog-de-familia-2012

Y ahora voy a la segunda parte de mi post de hoy… ¡el concurso! El de MamiBlog, claro está…ahora, se puede votar aunque no se esté dado de alta en la web, así que aquí dejo el link a mi imagen, donde todo aquel que quiera puede darle una puntuación (mejor un 5, je) a mi humilde bitacorita…. Os lo agradeceré.

No caeré en lo de rallar la cabeza a mis lectores pidiendo insistentemente el voto en un post dedicado únicamente a eso, así que solo me queda desear a todo el mundo un buen sábado de enero, en el que luce el sol de esa manera que, si estás de after, te corta el rollo a morir, pero que te da la inyección de energía que necesitabas si has madrugado tras una noche de tetas y dientes.

¡Ah! Y este finde ya huele a Carnavales… no hay fecha que más me guste, ¡disfrutad los preparativos!

Las salas de lactancia y el civismo (que escasea)

14 Ene

Yo soy esa que el año pasado juraba y perjuraba que no pisaría ningún centro comercial de A Coruña. Cómo me agobian esos sitios, los centros comerciales, que pueblan nuestros polígonos industriales despoblando nuestros barrios de los pequeños negocios que aún quedaban en ellos. Soy la misma que se deprime y lagrimea cada vez que detecta la presencia a menos de 50 metros de una tienda de ropa de la superempresa textil por excelencia, esa que vende prendas hechas con los mismos patrones de los últimos 100 años de las tallas 32 a la 36 como churros gracias al maldito aborregamiento del ser humano (también el mío, sí). Soy esa que en las rebajas del pasado mes de febrero twitteaba que, aunque había terminado pisando esa meca del consumismo embarazada de 7 meses, jamás iría allí con la neni. Arrastrar un carrito planta arriba-planta abajo de un centro comercial… ¡ni de coña!

Pues ya lo decía el palomo aquel que vivía en la Estatua de la Libertad en Fievel y el Nuevo Mundo (una de las pelis imprescindibles de Don Bluth): nunca digas nunca. Ahora, las mecas del consumismo son prácticamente mi hábitat natural… Siguen sin apasionarme, de hecho me provocan ansiedad, pero tienen suelos llanos para conducir el carro, ascensores cada 10 metros, tiendas de juguetes llenas de colorines por las que pasear, un techo que nos protege de la lluvia y el viento y, lo que es más importante, lo imprescindible: salas de lactancia. Muchas salas de lactancia.

Las salas de lactancia son como los extintores: solo te das cuenta de que están ahí cuando estás desesperada buscando una. Eso sí… no todas cumplen las condiciones indispensables:

– Silloncito blando con brazos, también blandos. Parece fácil, sí… pues los arquitectos, decoradores o quien sea que diseñe esos lugares no siempre se dan cuenta. Yo me encuentro muchas veces sillones bajísimos e hiperincómodos, con brazos que no valen para apoyar los codos porque quedan lejos del cuerpo de una servidora. De lo que quedan cerca es de la cabecita del bebé que mama, así que la servidora debe hacer malabares para que no se golpee con ellos. Podríamos pensar que el diseñador es antilactancia (si es que se puede ser algo así), o que por ignorancia, piensa que todos los bebés toman biberón, pero tampoco, porque el siguiente obstáculo puede ser el microondas…

Microondas. He sido testigo de cómo 3 madres diferentes trataban de calentar la comida de sus bebés en el microondas de una sala de lactancia sin ser capaces de averiguar cómo se encendía. ¡Pero si todos los microondas son facilísimos de usar! Sí, señor, todos menos los de las salas de lactancia de algunos centros comerciales. Por suerte, muchas salas tienen microondas normales y corrientes. Eso sí, el churretón de potito que alguna madre guarra deja para que limpiemos las demás jamás falta.

Cambiador: Que el cambiador esté colocado de manera que hay que retorcerse para utilizarlo, es aceptable: pasa en muchas salas de lactancia. Lo importante es que esté bien sujeto… los hay que dan poca confianza porque bailotean de arriba abajo y parece que en cualquier momento caerá al suelo cambiador, niño, toallitas, pastel y todo cuanto allí esté depositado. Esto tiene su parte positiva, porque hace que te veas obligada a colocar una pierna debajo y mediosujetarlo todo con tu temblorosa rodilla, por si le da al armatoste por caerse en plena pañalada. Acabas haciendo más ejercicio al cambiar un pañal que en un mes de gimnasio.

Luz: hay muchas cosas en este mundo que damos por hechas hasta que nos faltan. Una, las salas de lactancia… otra, la luz de las salas de lactancia. Una de las situaciones más acongojantes de mi vida fue en la sala de lactancia de la meca del consumismo coruñés llamada Marineda City, cuando la neni tenía no muchos meses y por lo tanto yo no tenía tanta habilidad como ahora a la hora de sujetarla a ella con una mano mientras con la otra tiendo/hago la comida/pongo una lavadora/abro la puerta a un perseverante comercial/etc., ese día, con la teta fuera y la neni comiendo plácidamente mientras yo hacía malabarismos para que no se abriera la cabeza con uno de los brazos de madera del sillón incomodísimo, la luz va y se apaga sola. Sola. Yo, sorprendida, empecé a saludar con un brazo como una loca, ya que esperaba que al detectar movimiento se hiciera la luz de nuevo… pero no fue así. Únicamente hice el ridículo bailoteando con la teta fuera, la niña en brazos y tratando de levantarme a oscuras de aquel sofá infernal (demasiado bajo como para que una recién parida con una cesárea de 12 centímetros de lado a lado de la panza pueda levantarse cargando con un bebé sin un esfuerzo sobrehumano) para localizar el bendito interruptor.

Desde aquí quiero enviar un saludo cordial al inventor de las salas de lactancia de Ikea. Mesa de cambiador acolchado (y no duro como un pedrusco, que haberlos haylos, cosa que jamás entenderé), sillón razonablemente cómodo, decoración agradable… hasta juegos tienen en la sala, para esos niños que están ya en edad de enredar. Una bendición… nórdica, como todas las bendiciones referidas a la maternidad.

Otra de las cosas que aprecias cuando aparece, y no muchas veces lo hace, es el civismo. Siento alargar este post mas de lo blogueramente aceptable, pero tengo que hablar del civismo. Las personas somos, por definición, maleducadas, incívicas, guarras, egoístas y paletonas. Si no, no puedo explicarme que un sábado de esos en los que un centro comercial, por ese maldito aborregamiento del ser humano, rezuma gente hasta por los conductos de ventilación, personas sin ninguna lesión visible, ni carrito, ni sillas de ruedas plaguen los ascensores, haciéndonos a las personas con carritos, sillas de ruedas o muletas hacer cola detrás de ellos para subir o bajar. Mi novio siempre me dice que me relaje, oiga, que las personas normales, físicamente capaces, son libres de usar los ascensores si quieren, o mejor dicho, si no quieren caminar los cuatro metros que los separan de las escaleras mecánicas, pero yo tengo el firme convencimiento de que cualquier cabeza pensante es capaz de llegar a la conclusión de que los ascensores son de uso prioritario para quien no puede usar otro tipo de medio de transporte vertical. Creo que si un adolescente, una chica, un señor ve una cola de tres carritos para usar el ascensor, debería llegar solito a la conclusión de que mejor subir por las escaleras mecánicas. Ojo, que no dijo que suban usando una cuerda, un rocódromo o unos ganchos de escalada… digo que usen las escaleras mecánicas. (Subrayo: mecánicas).

De hecho, sobre todo cuando voy sola con la neni (que aún no pasa vergüenza cuando me enzarzo con un desconocido) últimamente me permito a mí misma decir cosas humillantes a las personas incívicas con las que me cruzo, tanto en los ascensores como en otros lugares comunes. Ellos casi nunca se dan por aludidos, pero yo me quedo súper satisfecha de mí misma, de mi ingenio y de mi poca vergüenza. Y no todos los receptores de mis flechas envenenadas son pandillas de adolescentes pijosos idiotizados (que en Coruña son peores que en otros sitios), ni madres gritonas con sus hijos aún más gritones montando el show en Primark. Los más incívicos de todos son, contra todo pronóstico, las familias de esas de renta mensual de 5 dígitos, moreno naranja, jersey atado al cuello y sesión de lavado y marcado semanal que van los sábados a comprar el equipo de esquí y siembran el pánico en la planta correspondiente de El Corte Inglés. Esas familias adineradas son las que dejan a sus hijos correr, empujar, gritar, subir, bajar, hacer y deshacer allá por donde van. No es la primera vez que pregunto a un niño de 5 años algo como “pero niño, no están tus padres por aquí, ¿no?”, o exclamo “jjjjjjjjooooddddeeeeerrrrrrrrr…!” cuando un huracán con coletas hace tambalearse el carrito de Eva… todo ello a un volumen suficiente como para que lo oigan los padres.

Sé que, después de leer este post demasiado largo, más de uno se habrá quedado con una imagen de mí super graciosa… una locomotora humeante que atraviesa el Territorio Vaquero arrollando a los niñejos que se le acercan… pues no. Normalmente soy la dulzura personificada.

Hay un dicho que dice algo como que si educamos a los niños, no será necesario castigar a los adultos. Yo creo que si educamos a los padres, no será necesario que los demás se mueran por castigar a los hijos…

Y todo esto, por meterme en un centro comercial. Maldito aborregamiento del ser humano…

La Princess y el primer biberón de cereales

13 Nov

Pues esta semana debe de ser la semana de las novedades culinarias en esta casa. Gumi nos regaló un kit de cocinitas completo, es decir, una olla rápida y una plancha Princess. El primer arroz con pollo hecho en la olla me salió tan rico que no parecía hecho por mí… Y la Princess… yo pensé que podía vivir sin ella hasta que la probé. Vale que en una sartén normal antiadherente pueden quedar las cosas parecidas de ricas, pero tanto con la Princess como con la olla rápida el tema no es cómo queden las cosas, el tema es que, como mamá, tengo que aprender a hacer algo más que tortilla y huevos fritos (estos últimos, con armadura para que no me salpique el aceite) y estos dos cacharros me han dado la señal de salida: ¡a cocinar como las mamás! no puede ser que dentro de unos años, mi hija no pueda decir, como digo yo, que las mejores croquetas/tortilla/caldo/arroz con pollo es el que hace su madre. Reivindico el derecho de todo hijo, y de la mía en concreto, a presumir de la comida de su madre. Y para ello debo ponerme a estudiar desde ya 🙂

(Modo Maruja OFF)

(Modo Mamá Primeriza ON)

La otra novedad es que, después de más de un mes de dormir a trompicones por la noche, con 3 y 4 tetas nocturnas y lloriqueos varios, y después de dos días en los que la neni estuvo tan antipática que no parecía mi neni, decidimos inaugurar la temporada de cereales sin gluten ayer por la noche. Eva tiene 6 meses menos 9 días, así que no cumplimos a rajatabla los 6 meses de leche materna exclusiva, pero bueno, como dicen por aquí, por nove días non morre ninguén. El caso, que me ordeñé dignamente 150 ml de leche con mi maravilloso sacaleches, los metí en un biberón y le eché una cucharadilla (¿o cucharillada? nunca sé cómo se dice, je) y media de cereales sin gluten amorosamente comprados para mi neni. Nuestro objetivo era, y seré sincera, jartar a Eva y que se olvidara de comer nada más hasta las 8 de la mañana, dando así 8 horas seguidas de sueño a papá y mamá, cuyas caras indican a todas luces que lo necesitan como agua de mayo. Y creímos que habíamos ganado la batalla, al ver que se tragaba el biberón con un ansia que hasta le temblaban las manos.

¿Resultado?

En las dos horas de llanto que siguieron al bibe de cereateta, su padre y yo, haciendo gala de nuestra supina ignorancia, llegamos hasta a pensar si la habríamos embutido sin piedad como a los capones de Vilalba y estaría retorciéndose de dolor de barriguita. Pobre Eva. O mejor dicho: pobres de nosotros. Gracias a Gumi (que siempre pone el toque de cordura en estos momentos, aunque sea vía WhatsApp) me di cuenta de que la neni  no estaba a punto de morir empachada, sino que seguía en la línea de estos dos últimos días y simplemente estaba tontita, protestona, quejumbrosa… pero no embutida y con las tripas a punto de estallar.

Y menos cuando aún tuvo estómago para tragarse dos tetas como dos carretas antes de dormirse, de mala gana (de mala gana lo de dormirse, no las tetas, menuda es…).

A las dos horas de eso, despertó y quiso otras dos tetas. A la hora de esas dos, despertó aullando como si le hubieran pisado un callo. Desde aquí pido perdón a los vecinos de arriba, de abajo y del otro lado de la calle, porque seguro que despertaron al oír tales gritos. Y sí, se comió otras dos tetas.

En fin… que ahora sabemos que el bibe de cereales le gusta, le encanta… pero que la etapa de neni-evil que está pasando, infelices de nosotros, no la cura un puñado de arroz con maíz.

Hummm… ¿Y un puñado de arroz con pollo?… mañana os cuento 🙂

El escalón y noviembre, que no mola nada…

30 Oct

Me acuerdo de que antes veía mamás por la calle con bebés de 6 meses y pensaba que eso me quedaba lejísimos… Eva ya tiene 5 y pico y parece que fue ayer cuando su papá y yo veíamos “Entre fantasmas” después de comer mientras ella daba patadas dentro de mi barriga. ¡El tiempo vuela! Lo único reseñable de estos días fue que Eva pasó un escalón de crecimiento de esos (¿era así como se les llamaba?) y durante unos días no comió normal, no durmió normal (teta cada 2 horas… ¡ni de recién nacida!), lloriqueaba, gritaba y estaba superultrahiperactiva. Peeeero ya pasó, y ahora, de repente, la noto mayor: ya podemos ponerle coletitas-surtidor, ya dice la A, la E, la I, y la U (la O de momento no se la oímos), ya mira sus juguetes con curiosidad (aunque acto seguido se los meta en la boca hasta el fondo), ya rueda ella sola, ya se ríe a carcajadas, ya me da caricias… y ya la pasamos del capazo a la silla del Bugaboo, donde va la mar de cómoda.

Aparte de eso… se acerca noviembre. Como sé que todos los noviembres me deprimo, todos los noviembres me deprimo (es algo así como un círculo vicioso). Sin trabajo y sin visos de tenerlo, empiezo a plantearme qué otras opciones me quedan: ¿estudiar? ¿más? y encima… ¿pagando? Mmm, no. ¿trabajar como freelance? A medio euro el artículo de 500 palabras… ¿Redecorar la casa? No. En fin… Creo que de momento me dedicaré a mirar a Eva, ya que sé que cuando tenga trabajo o alguna ocupación extra (aparte de limpiar la casa y hacer comida y esas cosas de mamás-que-“no-trabajan”) será eso lo que más eche de menos, mirarla sin prisa. Y a lo mejor nos apuntamos a yoga para mamás y bebés. Tiene que ser toda una experiencia…

A veces pienso en esos países como Noruega, que salen en las noticias porque amplían la baja de paternidad, con una de las bajas de maternidad mejores y no solo por ser de las largas, sino también por considerar que la maternidad es algo dignísimo de respeto, de ayuda y de ánimo, y no un lastre a la hora de trabajar, mientras que en España estamos en braguitas en ese aspecto y pensamos que por tener el culo 10 horas en una silla de oficina somos más productivos… En fin. Pero alegremos esas caras: ¿qué país nórdico puede presumir de una Sanidad de las mejores del mundo además de pública universal y gratuita de sol, toros y flamenco?