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(Más) gente que parece no haber tenido madre

18 Ago

Mi hija tiene un año y unos meses, y a veces doy gracias por haberla tenido en el año 2012 y no dentro de un par de años. Lo digo porque, leyendo ciertas noticias (esta, por ejemplo) no puedo evitar pensar que menos mal que tuve a Eva en una época en la que lo mal visto era solo que los bebés mamaran en público. Menos mal que solamente tuve que esconderme para darle a mi bebé el alimento que todo ser vivo necesita, sobre todo en los primeros meses de su vida. Qué afortunada fui, todavía no estaba mal visto o prohibido casi nada: solo que coman teta en público. Qué suerte tuve de que existieran salas de lactancia, mejores y peores, que tanto huelen a potito requemado como a pañal sucio, esas salas sin ventanas (salvo honrosas excepciones… ¿?), con colas eternas, salas ideadas en muchas ocasiones por gente que a todas luces no tiene hijos y que dudo que hayan tenido madre… menos mal que las tuve para esconderme a alimentar a mi hija en esos centros comerciales masificados que tanto me gustan, en tiendas, en centros cívicos… ¡menos mal!

Y digo menos mal porque, al paso que vamos, terminaremos prohibiendo a los bebés de dos o tres meses que se caguen en Primark. O que se duerman en tal o cual restaurante. ¡En los restaurantes está feísimo dormirse a la mesa! Los adultos saben que éticamente es reprobable, ¿por qué los bebés han de ser diferentes? O que vomiten en una tienda de decoración, ¡señor! Qué vergüenza, un bebé vomitando. Llevan pañal porque son pequeños, sí, y no saben todavía controlar el popó y el pipí, pero coño… vivimos en la era del consumismo, del progreso por el progreso, y si a los jefes, los dueños de los negocios, los que controlan la pasta, los que venden, venden y venden por encima de todo lo demás, les da por prohibirle a un bebé hacerse pis, cagarse, dormirse o comer en su local, habrá que ponerse a ello. Habrá que disimular si, oh, señor, qué vergüenza, nuestro hijo se ha vomitado encima en pleno pasillo del centro comercial. La ciencia tendrá que crear escuelas intrauterinas que ayuden a que el bebé nazca aprendido. ¡Habrá que renegar de que somos seres humanos! Cualquier cosa, cualquiera, en aras de no ofender a los enfermos que se sienten ofendidos y ultrajados al ver una teta.

Porque hay que estar enfermo. Pero muy enfermo, mucho, para pensar que una teta debe ser relacionada en primera instancia con el sexo, y por consiguiente censurada, y solo en segunda con la alimentación del bebé. Hay que ser machistorro y penoso y dar mucha vergüenza. Pues hoy en día, después de haber pasado unos dolores de tetas indescriptibles, grietas, mordiscos involuntarios de mi peque, calambrazos por tenerlas a punto de reventar de leche, le digo desde aquí una cosa al dueño de Primark, al filósofo redactor de su código ético y a todos aquellos hombres (algunos de los cuales han escrito comentarios surrealistas en la noticia de Menéame) que consideráis las tetas de las mujeres un objeto sexual que es para vosotros y vuestro disfrute y si eso, en segundo plano, para dar de comer a un bebé, os digo una cosa, una cosa que no sabéis:

NO SOIS EL PUÑETERO OMBLIGO DEL MUNDO

Que las tetas de las señoras no fueron creadas para que vosotros os deleitéis en la playa, ni mirándolas en revistas, ni viendo canalillos y soltando burradas a las chavalas en las discotecas. No fueron creadas para que las comparéis con las de Fulanita o Menganita. No son vuestras, ni se inventaron para que vosotros las utilicéis más allá del periodo de destete natural del ser humano. Aunque el atolondrado mundo en el que vivimos os haya hecho vivir convencidos que las tetas son principalmente sexo puro y duro, y que por tanto deben ser censuradas como lo sería un polvo en público, no lo son. Las tetas son, siempre han sido y siempre serán, le pese a quien le pese, para dar de comer a los bebés. Y mientras la ciencia no avance lo suficiente los bebés comen, cagan, duermen, mean y vomitan donde les viene el apretón porque son eso: bebés.

Señores del mundo: las tetas son DE las señoras y PARA los bebés. Y si un día os coincide una alineación de planetas y tenéis la suerte de tocar una, así en plan erótico festivo, os doy un consejo: dad gracias a quien os deje el juguete, porque NO es vuestro, NO se creó para vosotros y eso NO va a cambiar jamás. Si una teta aparece en vuestra vida más allá de los 6 años de edad, pensad siempre que tenéis suerte, porque el objetivo primerísimo de la teta NO es, aunque a veces se dé el caso, alegraros la vida a vosotros.

Algún día la gente entenderá que, si existen salas de lactancia, no debería ser para que los bebés se escondan a comer, sino para que las madres que quieran puedan contar con un sitio más íntimo, más tranquilo o más agradable para dar de comer a su hijo porque, señores: sacarse una teta delante de un montón de degenerados tampoco es algo que a todas nos mole hacer (aunque por alimentar a un hijo hasta de eso somos capaces). Algún día por fin el ser humano creará normas para el bienestar del ser humano partiendo de la base de que somos humanos, y dejará de fomentarse la artificialidad, la desnaturalización, el sentimiento de vergüenza por lo que somos originalmente. Algún día los códigos éticos de los centros comerciales, así como todos los demás, aceptarán que los bebés caguen, meen, duerman y coman donde les vengan las ganas. Algún día el ser humano no irá en contra del ser humano por sistema, amparándose en normas éticas machistas hasta extremos vergonzantes (tetas=sexo). Algún día seremos conscientes de que somos parte de la naturaleza y que debemos sentirnos orgullosos de serlo.

Algún día.

¿O no?

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Las salas de lactancia y el civismo (que escasea)

14 Ene

Yo soy esa que el año pasado juraba y perjuraba que no pisaría ningún centro comercial de A Coruña. Cómo me agobian esos sitios, los centros comerciales, que pueblan nuestros polígonos industriales despoblando nuestros barrios de los pequeños negocios que aún quedaban en ellos. Soy la misma que se deprime y lagrimea cada vez que detecta la presencia a menos de 50 metros de una tienda de ropa de la superempresa textil por excelencia, esa que vende prendas hechas con los mismos patrones de los últimos 100 años de las tallas 32 a la 36 como churros gracias al maldito aborregamiento del ser humano (también el mío, sí). Soy esa que en las rebajas del pasado mes de febrero twitteaba que, aunque había terminado pisando esa meca del consumismo embarazada de 7 meses, jamás iría allí con la neni. Arrastrar un carrito planta arriba-planta abajo de un centro comercial… ¡ni de coña!

Pues ya lo decía el palomo aquel que vivía en la Estatua de la Libertad en Fievel y el Nuevo Mundo (una de las pelis imprescindibles de Don Bluth): nunca digas nunca. Ahora, las mecas del consumismo son prácticamente mi hábitat natural… Siguen sin apasionarme, de hecho me provocan ansiedad, pero tienen suelos llanos para conducir el carro, ascensores cada 10 metros, tiendas de juguetes llenas de colorines por las que pasear, un techo que nos protege de la lluvia y el viento y, lo que es más importante, lo imprescindible: salas de lactancia. Muchas salas de lactancia.

Las salas de lactancia son como los extintores: solo te das cuenta de que están ahí cuando estás desesperada buscando una. Eso sí… no todas cumplen las condiciones indispensables:

– Silloncito blando con brazos, también blandos. Parece fácil, sí… pues los arquitectos, decoradores o quien sea que diseñe esos lugares no siempre se dan cuenta. Yo me encuentro muchas veces sillones bajísimos e hiperincómodos, con brazos que no valen para apoyar los codos porque quedan lejos del cuerpo de una servidora. De lo que quedan cerca es de la cabecita del bebé que mama, así que la servidora debe hacer malabares para que no se golpee con ellos. Podríamos pensar que el diseñador es antilactancia (si es que se puede ser algo así), o que por ignorancia, piensa que todos los bebés toman biberón, pero tampoco, porque el siguiente obstáculo puede ser el microondas…

Microondas. He sido testigo de cómo 3 madres diferentes trataban de calentar la comida de sus bebés en el microondas de una sala de lactancia sin ser capaces de averiguar cómo se encendía. ¡Pero si todos los microondas son facilísimos de usar! Sí, señor, todos menos los de las salas de lactancia de algunos centros comerciales. Por suerte, muchas salas tienen microondas normales y corrientes. Eso sí, el churretón de potito que alguna madre guarra deja para que limpiemos las demás jamás falta.

Cambiador: Que el cambiador esté colocado de manera que hay que retorcerse para utilizarlo, es aceptable: pasa en muchas salas de lactancia. Lo importante es que esté bien sujeto… los hay que dan poca confianza porque bailotean de arriba abajo y parece que en cualquier momento caerá al suelo cambiador, niño, toallitas, pastel y todo cuanto allí esté depositado. Esto tiene su parte positiva, porque hace que te veas obligada a colocar una pierna debajo y mediosujetarlo todo con tu temblorosa rodilla, por si le da al armatoste por caerse en plena pañalada. Acabas haciendo más ejercicio al cambiar un pañal que en un mes de gimnasio.

Luz: hay muchas cosas en este mundo que damos por hechas hasta que nos faltan. Una, las salas de lactancia… otra, la luz de las salas de lactancia. Una de las situaciones más acongojantes de mi vida fue en la sala de lactancia de la meca del consumismo coruñés llamada Marineda City, cuando la neni tenía no muchos meses y por lo tanto yo no tenía tanta habilidad como ahora a la hora de sujetarla a ella con una mano mientras con la otra tiendo/hago la comida/pongo una lavadora/abro la puerta a un perseverante comercial/etc., ese día, con la teta fuera y la neni comiendo plácidamente mientras yo hacía malabarismos para que no se abriera la cabeza con uno de los brazos de madera del sillón incomodísimo, la luz va y se apaga sola. Sola. Yo, sorprendida, empecé a saludar con un brazo como una loca, ya que esperaba que al detectar movimiento se hiciera la luz de nuevo… pero no fue así. Únicamente hice el ridículo bailoteando con la teta fuera, la niña en brazos y tratando de levantarme a oscuras de aquel sofá infernal (demasiado bajo como para que una recién parida con una cesárea de 12 centímetros de lado a lado de la panza pueda levantarse cargando con un bebé sin un esfuerzo sobrehumano) para localizar el bendito interruptor.

Desde aquí quiero enviar un saludo cordial al inventor de las salas de lactancia de Ikea. Mesa de cambiador acolchado (y no duro como un pedrusco, que haberlos haylos, cosa que jamás entenderé), sillón razonablemente cómodo, decoración agradable… hasta juegos tienen en la sala, para esos niños que están ya en edad de enredar. Una bendición… nórdica, como todas las bendiciones referidas a la maternidad.

Otra de las cosas que aprecias cuando aparece, y no muchas veces lo hace, es el civismo. Siento alargar este post mas de lo blogueramente aceptable, pero tengo que hablar del civismo. Las personas somos, por definición, maleducadas, incívicas, guarras, egoístas y paletonas. Si no, no puedo explicarme que un sábado de esos en los que un centro comercial, por ese maldito aborregamiento del ser humano, rezuma gente hasta por los conductos de ventilación, personas sin ninguna lesión visible, ni carrito, ni sillas de ruedas plaguen los ascensores, haciéndonos a las personas con carritos, sillas de ruedas o muletas hacer cola detrás de ellos para subir o bajar. Mi novio siempre me dice que me relaje, oiga, que las personas normales, físicamente capaces, son libres de usar los ascensores si quieren, o mejor dicho, si no quieren caminar los cuatro metros que los separan de las escaleras mecánicas, pero yo tengo el firme convencimiento de que cualquier cabeza pensante es capaz de llegar a la conclusión de que los ascensores son de uso prioritario para quien no puede usar otro tipo de medio de transporte vertical. Creo que si un adolescente, una chica, un señor ve una cola de tres carritos para usar el ascensor, debería llegar solito a la conclusión de que mejor subir por las escaleras mecánicas. Ojo, que no dijo que suban usando una cuerda, un rocódromo o unos ganchos de escalada… digo que usen las escaleras mecánicas. (Subrayo: mecánicas).

De hecho, sobre todo cuando voy sola con la neni (que aún no pasa vergüenza cuando me enzarzo con un desconocido) últimamente me permito a mí misma decir cosas humillantes a las personas incívicas con las que me cruzo, tanto en los ascensores como en otros lugares comunes. Ellos casi nunca se dan por aludidos, pero yo me quedo súper satisfecha de mí misma, de mi ingenio y de mi poca vergüenza. Y no todos los receptores de mis flechas envenenadas son pandillas de adolescentes pijosos idiotizados (que en Coruña son peores que en otros sitios), ni madres gritonas con sus hijos aún más gritones montando el show en Primark. Los más incívicos de todos son, contra todo pronóstico, las familias de esas de renta mensual de 5 dígitos, moreno naranja, jersey atado al cuello y sesión de lavado y marcado semanal que van los sábados a comprar el equipo de esquí y siembran el pánico en la planta correspondiente de El Corte Inglés. Esas familias adineradas son las que dejan a sus hijos correr, empujar, gritar, subir, bajar, hacer y deshacer allá por donde van. No es la primera vez que pregunto a un niño de 5 años algo como “pero niño, no están tus padres por aquí, ¿no?”, o exclamo “jjjjjjjjooooddddeeeeerrrrrrrrr…!” cuando un huracán con coletas hace tambalearse el carrito de Eva… todo ello a un volumen suficiente como para que lo oigan los padres.

Sé que, después de leer este post demasiado largo, más de uno se habrá quedado con una imagen de mí super graciosa… una locomotora humeante que atraviesa el Territorio Vaquero arrollando a los niñejos que se le acercan… pues no. Normalmente soy la dulzura personificada.

Hay un dicho que dice algo como que si educamos a los niños, no será necesario castigar a los adultos. Yo creo que si educamos a los padres, no será necesario que los demás se mueran por castigar a los hijos…

Y todo esto, por meterme en un centro comercial. Maldito aborregamiento del ser humano…

#GraciasAlaSanidadPública…

5 Dic

– …todos tenemos derecho a ser tratados por algunos de los mejores profesionales del mundo.
– … tú eres igual que yo y los dos somos iguales que el presidente del gobierno si tenemos un cáncer cuyo tratamiento cuesta muchos miles de euros (que tú no tienes, yo tampoco, pero el presidente del gobierno sí).
– …varias de las personas más importantes para mí no están bajo tierra. Y las que lo están, fueron atendidas igualmente hasta el final. Todas ellas sin que se tuviera en cuenta su cuenta corriente.
– …uno de mis amigos más queridos pudo compartir conmigo algunos años más y enseñarme su manera de ver la vida, una de las cosas más importantes que aprendí.
– …no tener dinero no es sinónimo de no tener esperanza.

Aun así, hay personas a las que han convencido de que el sistema público de sanidad no es rentable, y apoyan a los que luchan por acabar con él. A esas personas, como diría mi abuela (que por cierto, fue tratada de manera gratuita con sesiones de radioterapia): “que dios las castigue sin piedra ni palo”.
Porque no merecen otra cosa.

Nosotros y los demás, que también importan

9 Nov

Que no tengo trabajo, que la casa está desordenada, que en invierno hace frío, que en el piso de arriba hay obras, que se me cae el pelo a mechones (otro día dedicaré un post a esto, porque voy camino de quedarme como una bola del 8)… son tonterías de las que me quejo día tras día, aunque tengo claro que no son más que eso: tonterías. Sobre todo teniendo en cuenta que vivimos en un mundo en el que cada vez hay más gente que lo está pasando mal; pero mal, mal…

(Cada día digo cosas más de madre, lo sé)

Uno de los valores que considero más importantes a la hora de educar a los niños es la solidaridad. Hoy Eva y yo fuimos a dar un paseo y nos encontramos unos voluntarios del banco de alimentos recogiendo donaciones. Un paquete de macarrones, una botella de aceite, unas galletas y un bote de tomate frito han sido la primera donación de Eva a una ONG. Contó con mi inestimable ayuda a la hora de elegir los productos, transportarlos a la caja, pagar, meterlos en una bolsa y dárselos al voluntario, pero bueno, la intención es lo que cuenta, y estoy segura de que mi neni la tiene ;P

Ya que estoy, termino este post solidario con dos invitaciones para todos los que me leéis: primera, ¡sentaos a mi lado! 🙂 y segunda: sed solidarios. Y si no tenéis pasta, da igual. Haceos voluntarios, colaborad con alguna organización, o haced cosas por vuestra cuenta, solos o en familia, para ayudar a los demás; y lo que es más importante: para que vuestros hijos aprendan que ayudar a los demás es bueno, bonito, barato y necesario. Siempre pensé que el mundo debería ser un lugar mucho más justo y feliz de lo que es, y he asumido que yo sola no puedo cambiarlo, pero oiga… no sé dónde leí que una sola señora puede  influir en su familia, esa familia en un pueblo, ese pueblo en el país y ese país en el mundo. Digamos que yo soy una de las señoras que intenta cambiar el mundo, empezando por influir en su familia: entre otras cosas, hoy Eva ha donado alimentos, y su papá está desde ayer sentado en mi mesa 🙂

Socorro.

Acabo de llamarme a mí misma señora.

¡Que tengáis un feliz finde!